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El DNU de Milei y el nuevo estado vigilante

El modelo libertario predica el achicamiento del Estado como dogma, pero expande sin pudor su costado más oscuro. 
El DNU que modifica la Ley de Inteligencia no es una anomalía: es la confirmación de un modelo que recorta derechos sociales mientras fortalece el control y la vigilancia. 
El Estado que dice odiar Milei, no desaparece, se transforma. Deja de proteger y comienza a observar.

Domingo, 01 de febrero de 2026 a las 01:00

“De poco sirve que una autoridad vigilante aleje todos los peligros de mi camino, si esta misma autoridad es la dueña absoluta de mi libertad y de mi vida”

Alexis de Tocqueville

La Argentina vuelve a discutir el tamaño del Estado, como si fuera el problema central. No lo es. El drama es otro: un país que oscila entre el abandono y el desorden, mientras su dirigencia usa al Estado como excusa ideológica, para no hacerse cargo de los fracasos.

Ni el Estado gendarme del liberalismo clásico o el Estado mínimo de los libertarios, que prometen orden a fuerza de ajuste, ni el Estado benefactor que reparte sin producir, lograron resolver la ecuación del drama argentino.

Un Estado ausente no libera: abandona. Un Estado enorme sin control no cuida: asfixia.

El verdadero problema no es cuánto Estado hay sino cómo, para qué y para quién se lo usa. En el caso de Javier Milei, se propone no sólo un Estado que cuide el orden, sino un Estado residual, dónde la salud, la educación y la previsión tienden a mercantilizarse, la desigualdad no es un problema sino una consecuencia natural del sistema, la moralidad es establecida por el mercado y el conflicto social se maneja más por el orden que por la integración.

En el terreno fértil que dejó el kirchnerismo, con un Estado gordo e ineficiente, emergió Milei. No propone un Estado gendarme clásico. Propone un Estado residual. El mercado como árbitro moral. La desigualdad como resultado natural. El conflicto social como problema de orden público. Menos integración. Más disciplina. El ajuste como pedagogía.

El discurso es simple. Eficaz. Ideológicamente coherente. Socialmente riesgoso. En una sociedad desigual, menos Estado no significa más libertad. Significa más intemperie.

Es en ése marco ideológico que aparece, como consecuencia natural, el Estado vigilante, dónde se ajusta salud, se ajusta educación, se ajusta ciencia, pero se expande inteligencia.

El DNU que modifica la Ley de Inteligencia no es técnico, es político y profundamente regresivo. Primero porque se hace por decreto, sin debate, sin congreso, sin control democrático. Segundo porque amplía facultades de la Side, detenciones sin orden judicial, vigilancia sin causa, sospecha sin límites. Tercero porque redefine el concepto de inteligencia, dejando un campo impreciso dónde cualquier conducta puede caer dentro de sus límites.

“El estado de Milei no se retira, se transforma. Ya no está en las aulas ni en los hospitales, sí en las oscuras oficinas de inteligencia, a través del Ojo de Saurón”

En suma, la inteligencia deja de prevenir riesgos y comienza a administrar personas. Si se nos permite la comparación, los agentes de la Side pasarán a formar la ICE criolla, la policía secreta de Trump que tanto revuelo, muertes y alarma ha causado en la población de los Estados Unidos.

En ese esquema, no sorprenden los trascendidos sobre el interés oficial en Palantir Technologies, la empresa estadounidense líder en software de análisis masivo de datos, proveedora histórica de agencias como la CIA y con vínculos operativos con servicios de inteligencia aliados, incluido el Mossad.

Palantir no hace espionaje clásico: convierte datos en perfiles, cruza información dispersa y anticipa conductas. Exactamente el tipo de herramienta que, en un marco legal laxo y con controles debilitados, puede transformar a la inteligencia en un sistema de vigilancia política permanente.

“Es una de las empresas de software, datos, predicción de comportamiento y control de las emociones más importantes del mundo, valuada en 400.000 millones de dólares”, detalló el periodista Juan Alonso.

Y cómo todo tiene que ver con todo, más allá de las ideologías y de los sistemas, mucho importa como insumo autoritario, el temperamento de los líderes de las naciones y la dirección de los procesos en cada una de ellas.

No olvidemos a hombrecillos de físicos precarios, inflando mucho el pecho y creyéndose el ombligo del mundo, uno de bigote estrecho, el otro de cabeza grande, ambos mirando muy serios al horizonte de sus megalomanías. Nunca debemos olvidar dónde culminaron esos procesos.

Tampoco dejemos de calibrar la relevancia de las trapisondas internas y externas del rubio tornasolado, que ha convertido a los espacios públicos de su propio país en escenarios de caza de personas y a América en su patio trasero.

“Palantir no espía personas, hace algo peor: las perfila. Anticipa conductas, predice conflictos, clasifica ciudadanos”

Un líder de pelo revuelto, que aúlla en los escenarios mientras se quema una parte de su patria, que le ha declarado la guerra a una determinada ideología, que ve a los que disienten como enemigos y no como simples adversarios, que pregona permanentemente “la batalla cultural” como una “caza de brujas” instrumentada desde el Estado, tiene las condiciones para profundizar el proceso persecutorio.

No es un golpe de estado, es un devenir que utiliza los instrumentos de la democracia para construir su trono, que comienza con la elección popular, la asignación de poderes extraordinarios, y la desaparición de los límites legales.

La paradoja mileísta queda expuesta sin eufemismos: menos Estado para la igualdad, más Estado para el control. Menos política social, más inteligencia. Menos derechos, más archivos.

No es solo un problema jurídico. Es democrático. Cuando un gobierno gobierna por decreto, redefine la inteligencia hacia adentro y concentra información sensible, no amplía libertades: prepara su restricción. Si la política sigue usando al Estado como excusa -para saquearlo o para dinamitarlo- el resultado será el mismo de siempre: ajuste para abajo, privilegios para arriba y frustración en el medio.

“La Argentina no necesita un Estado ausente ni un Estado omnipotente. Necesita una dirigencia adulta”

Cambian los discursos, no las consecuencias. El Estado gendarme sin cohesión social deriva en represión. El Estado protector sin eficiencia deriva en inflación. Y ambos terminan igual: con una sociedad más pobre y más enojada.

La pregunta incómoda no es cuánto Estado queremos, sino quién paga el costo de cada fracaso. Hasta ahora, casi siempre, los mismos.

Y aquí el punto final, incómodo y necesario: el gobierno que proclama odiar al Estado elige fortalecerlo justo donde más daño puede hacer. Lo debilita para educar, curar e igualar; lo robustece para vigilar, archivar y detener. No es una contradicción: es un diseño.

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