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Parménides la tenía clara: el cambio es una ilusión

Domingo, 01 de febrero de 2026 a las 01:00

Según Parménides, el filósofo que 600 años antes de Cristo desarrolló la teoría de lo inamovible, el ser es un todo inmutable. Una totalidad perpetua e inmodificable a la que el ser humano asiste como un engranaje necesario para sostener esa permanencia desde la ilusión de un cambio que no es tal. Un cambio cosmético, temporal y a la vez cíclico, circunscripto a los modos y estilos de vida, que no logra alterar las realidades sociales aceptadas a lo largo de milenios, según las cuales siempre habrá poderosos dispuestos a acumular más riquezas y pobres condenados a lo paupérrimo.

Con el correr de los siglos y el avance de la ciencia, resulta inquietante que Parménides se haya impuesto desde los hechos. Veamos: si en el siglo XIX era normal fallecer de difteria o tuberculosis a los 40 años, en el siglo XXI la muerte de motociclistas obligados por la economía a movilizarse de a cuatro o cinco personas sobre un mismo rodado dejó de ser noticia debido a la recurrencia de casos.Tal como las víctimas de las epidemias de antaño caían cual moscas sin sorprender a nadie, en el mundo de hoy es normal que personas de condición humilde -incluidos niños inocentes de todo mal- mueran de formas horribles, bajo las ruedas de algún camión.

Así también, someter a un semejante a la indignidad del trabajo precario, sin redes de contención de cariz solidario, sin seguro médico y sin jubilación, se naturaliza en la actualidad a través de la uberización de las fuentes laborales, fenómeno que se refleja en el espejo de la historia decimonónica como un parangón moderno de la triste vida de un peón rural de hace 200 años.

La teoría de Parménides termina siendo ratificada por la predominancia del individualismo en un cambio de paradigmas que no es una innovación sino una reedición, pues reflota antiguos modelos de explotación humana que pensadores actuales comparan con el feudalismo. Es el ejemplo que da en su último libro el ex ministro de Economía griego Yanis Varoufakis, para quien el mundo vuelve a la edad media a partir de la transformación del capitalismo industrial en capitalismo digital.

Dice Varoufakis que la especulación financiera de un capitalismo perfeccionado por el uso de la tecnología derivó en algo nuevo que al mismo tiempo es viejo, pues funciona bajo la lógica de la era oscura, cuando la suma del poder era ostentada por los dueños de la tierra. Y todos aquellos que no fueran poseedores de ese bien indispensable eran conminados a sobrevivir en condiciones de sometimiento.

En la actualidad los superservidores de la nube, las aplicaciones y las plataformas de contenidos equivalen a feudos, mientras que los generadores de material audiovisual, los industriales y los productores de servicios se hallan reducidos a la condición de vasallos dependientes de los medios tecnológicos proporcionados por los nuevos príncipes feudales, dueños de la digitalidad, amos y señores de una atmósfera que recrea las relaciones de dominación propias de tiempos remotos.

El aumento de la comercialización de bienes y servicios a través de vidrieras virtuales como Ebay, Temu, Mercado Libre y tantos otros intermediadores inmateriales obligó a los dueños de los factores de producción a pagar una comisión que puede llegar hasta el 30 por ciento del total de sus ingresos a grupos de inversionistas como BlackRock (principal operador de activos de Ebay).

De la misma forma, los trabajadores excluidos del sistema formal que van a parar a las aplicaciones como Uber o Rappi, quedan sujetos a un esquema precario donde ni siquiera pueden decidir el precio de sus servicios, a la vez que afrontan la totalidad de los riesgos en casos de accidentes, enfermedades o infortunios.

Obligados a trabajar más horas por menos dinero cuando los algoritmos bonifican las tarifas, estos conductores no son libres de administrar sus tiempos por una simple razón: descansar, ir al gimnasio o dedicar algunas horas a la familia implica dejar de ganar dinero indispensable para la comida.
Son los siervos del tecnofeudalismo, al igual que los creadores de posteos en redes sociales como Youtube, Facebook e Instagram, sumergidos en una carrera por obtener seguidores para aspirar a una monetización improbable, dado que la abrumadora mayoría de autores trabaja sin remuneración alguna.

Las Big Tech, así llamadas las compañías digitales transnacionales, se quedan con ganancias multimillonarias sin producir nada. Y los dividendos que obtienen en este nuevo/viejo arquetipo de libre mercado no se redistribuyen en sueldos o proveedores porque no necesitan cantidades relevantes de empleados ni precisan insumos específicos. En vez de eso, tales utilidades engordan fortunas superiores al presupuesto de varios países que se retroalimentan mediante el trading financiero. 

Las reglas de la economía libertaria que promueve el presidente Javier Milei maridan a la perfección con este feudalismo cibernético. Si por el jefe de Estado fuera, la Argentina no debería contar con industria propia en razón de que otros polos productivos del planeta son más eficientes en materia de costos, por lo que su máxima de que quiebren las empresas locales para permitir que los consumidores accedan a productos más baratos termina siendo un harakiri social que alimenta con mano de obra barata a no más de 30 supermillonarios de la nube.

En la ecuación mental de Milei, ni siquiera Techint (un portento de la industria pesada nacional) debería existir a la hora de abrir la economía para permitir su sueño húmedo de una libre competencia absoluta.

De esa manera, la Argentina de hoy, colonizada por la política exterior de Donald Trump y fomentadora del sálvese quien pueda, se ubica en una categoría funcional a las potencias privadas que controlan el mercado a través de sus redes nubelinas.

No es otra cosa que un país atiborrado de trabajadores desclasados dispuestos a quemar sus vidas al volante con tal de un puñado de pesos.

Tan poderosas son las compañías tecnológicas del software como Google o Meta que pueden, con un solo clic, borrar del mapa a cualquier vendedor, productor o creador que se resista a pagar el diezmo digital.Sin embargo y a pesar de todo, los argentinos (en buena parte) siguen apoyando las recetas de la motosierra. Celebran el show de Milei con su ex pareja en Mar del Plata. Se contentan con la inflación morigerada y respaldan la disminución de la edad punible a pesar de que, en el fondo, saben que encerrar niños de 14 años no soluciona la inseguridad. Lo importante es recluirlos para que no molesten, aunque no les hayan dado leche y carne en la primera infancia.El signo de los tiempos es la ley del más fuerte. Una parte cada vez más numerosa de la sociedad se acomoda en las plateas del circo romano de las redes sociales para abrir juicio contra quien sea. Para condenar sin pruebas y celebrar la muerte de dos pobres infelices que se mataron corriendo una picada en el acceso a la localidad chaqueña de La Leonesa. “Dos menos”, “acá no pasó nada”, “se la buscaron”, son las frases más repetidas bajo el titular de los motociclistas malogrados.

La noticia, para colmo, está escrita con las patas por un cronista que, por lo que se presume, no estudió lo suficiente. Dice el texto: “Dos motocicletas (sic) que corrían picadas chocaron y perdieron la vida”. Colega: los motovehículos son artefactos inanimados que no pueden morir.

Lo peor es que debajo de la publicación, centenares de opinadores se desgracian con ensayos sobre lo bueno de ambas muertes. Sin advertir el craso error. Convalidando la porquería.

Como queda visto, en esta época de adictos al scrolleo y el infundio, las interacciones de las personas fueron reprogramadas bajo la misma impronta del medioevo y la inquisición, cuando se oprimía con la cárcel o la hoguera a los siervos que caían en desgracia.

Parménides lo dijo en la antigua Grecia presocrática: el ser es uno y no cambia. Se mantiene tal cual ha sido siempre, con la sola diferencia de que utiliza los medios técnicos del momento para que el fuerte doblegue al débil, con la ayuda de esbirros gubernamentales convencidos de que los Estados, reguladores naturales de las relaciones humanas, equilibradores soberanos de los recursos económicos, tecnológicos y naturales, no deberían existir.

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