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Inflación: una baja que no alcanza

Por El Litoral

Jueves, 14 de mayo de 2026 a las 18:44

El dato difundido este jueves por el INDEC dejó una noticia que el Gobierno nacional esperaba con ansiedad: la inflación de abril fue del 2,6%, la cifra más baja de los últimos diez meses. El presidente Javier Milei celebró el resultado, aunque aclaró que “el único dato que trae alivio es que sea cero”. La frase no es casual. Expresa la lógica de una administración que hizo de la pelea contra la inflación el centro absoluto de su programa político y económico.
El número merece atención. En un país acostumbrado a índices mensuales descontrolados y a una economía que durante años convivió con la incertidumbre permanente, una desaceleración inflacionaria representa un alivio parcial. El problema es que la realidad cotidiana de millones de argentinos todavía está muy lejos de reflejar esa mejora estadística.
Milei tiene razón cuando sostiene que la batalla no está terminada. La inflación argentina no es un fenómeno aislado ni reciente. Es el resultado de décadas de desequilibrios fiscales, emisión monetaria, endeudamiento, falta de confianza y ausencia de políticas sostenidas en el tiempo. Ningún gobierno puede resolver en pocos meses un problema estructural que se arrastra desde hace generaciones.
Sin embargo, también es cierto que el oficialismo necesita transformar los indicadores macroeconómicos en mejoras concretas para la población. La estabilidad, por sí sola, no alcanza si el salario continúa deteriorándose y el consumo sigue paralizado. La baja inflacionaria puede ser una condición necesaria para ordenar la economía, pero no garantiza automáticamente bienestar social.
El desafío del Gobierno es doble. Por un lado, consolidar la desaceleración de precios sin caer nuevamente en recetas artificiales que en el pasado terminaron agravando el problema. Por otro, lograr que ese orden macroeconómico empiece a impactar positivamente en la vida diaria de la gente.
En Corrientes, como en gran parte del interior argentino, existe además una preocupación adicional: la distancia entre las decisiones económicas tomadas en Buenos Aires y las realidades provinciales. Las economías regionales sienten con fuerza los ajustes, la caída del consumo y el aumento de costos. Muchos pequeños comerciantes sobreviven con ventas mínimas y numerosas familias dependen de ingresos que ya no alcanzan para cubrir necesidades básicas.
Por eso, el dato del 2,6% debe analizarse con prudencia. Sería un error minimizarlo, porque representa una señal positiva después de meses de incertidumbre extrema. Pero también sería equivocado presentarlo como una victoria definitiva. La inflación puede desacelerarse y, aun así, dejar una sociedad empobrecida.
El propio Presidente parece comprender esa diferencia cuando afirma que el único alivio verdadero llegará con inflación cero. Aunque ese objetivo hoy parezca lejano, la definición busca transmitir una idea de disciplina económica permanente y evitar cualquier exceso de triunfalismo.
La pregunta de fondo es cuánto tiempo podrá sostenerse socialmente este proceso. La paciencia de la ciudadanía tiene límites, especialmente cuando el ajuste impacta con mayor dureza sobre trabajadores, jubilados y sectores medios. La estabilidad económica necesita legitimidad social para consolidarse.
La baja de abril es, sin dudas, un dato alentador. Pero el verdadero éxito no será solamente perforar estadísticas mensuales. El verdadero éxito llegará cuando las familias correntinas puedan recuperar capacidad de ahorro, estabilidad laboral y previsibilidad para proyectar su futuro. Allí estará la verdadera medida del alivio económico que hoy todavía muchos argentinos no logran sentir.

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