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Pontal do Sul, donde la felicidad cobra vida

Un lugar único, en el que se pueden acariciar las nubes en lo alto de la montaña y, en minutos, descender para nadar en un mar excepcionalmente libre de polución. Es el Estado de Paraná, una región tan cercana como los destinos típicos del turismo argentino que, sin embargo, pocos se atreven a explorar.

Jueves, 15 de enero de 2026 a las 16:00

Imaginen el mar más cautivante, las islas más misteriosas y la montaña más ensortijada. Todo a menos 100 kilómetros de la ciudad urbanísticamente más avanzada de Sudamérica. Es el paraíso natural que ofrece el estado de Paraná, en el sur litoraleño de Brasil, un destino que conjuga todas las atracciones demandadas por las familias que se hacen a las rutas en busca del ansiado descanso veraniego.

Esta crónica habla de un viaje de placer en todos los sentidos. De comienzo a fin, porque no hay tramos aburridos rumbo al extremo más distante de las costas paranaenses: Pontal do Sul, el último recodo de playas infinitas que cualquier persona puede disfrutar con solo trasponer la mata atlántica que protege los balnearios del asedio inmobiliario.

Porque, a diferencia de las riberas catarinenses, donde se encuentran las famosas olas de Florianópolis, Bombinhas y Camboriú, unos 300 kilómetros más al norte las administraciones estaduales decidieron preservar la floresta ribereña de modo que el mar conecte con el ecosistema terrestre, como en tiempos inmemoriales.

Pontal do Sul es una pequeña población de casas bajas, posadas acogedoras (como “Perequé”, del buen amigo Lafaete) y restaurantes encantadores entre los que se destacan el polifacético “Karranka” y la pizzería de reminiscencias italianas “LaRossi”, pero además es el portal de acceso a la enigmática “Ilha do Mel”, una porción de territorio brasileño separada por el Atlántico al que se llega en barcos de paseo que atracan en un punto estratégico desde el cual se inician las travesías en dos formatos: o embarcaciones pequeñas que se contratan junto al muelle o senderismo agreste, camino a varias playas escondidas, lejos, muy lejos del tumulto citadino.

La “Ilha do Mel” (Isla de Miel), así llamada porque sus arroyos de agua dulce adquieren tonalidades color miel al mezclarse con el agua salada, sólo permite el tránsito pedestre, pero a cambio entrega una experiencia decimonónica que recrea el camino de los conquistadores portugueses, las aventuras de los primeros turistas europeos que las recorrieron hace 150 años y una jamás ocurrida batalla de la Segunda Guerra Mundial, hipotético ataque nazi para el que se instaló una batería de impresionantes cañones hoy víctimas de la herrumbre marina.

Eso no es todo: un poco más allá, lancha de por medio, espera la “Ilha das Peças”, un antiguo escondite de tesoros piratas en el que hoy se puede disfrutar de la sabrosa gastronomía Caizara (la comunidad originaria de este archipiélago) y bañarse entre olas mansas mientras los delfines, a medida que entran en confianza, se acercan para saludar a distancia de foto.

En ambas islas (especialmente en la “de Mhel) se puede pernoctar pues predominan eclécticas posadas (alguna más rústica que otra) rodeadas por un entorno natural irrepetible y presididas por fortificaciones históricas del antiguo imperio portugués, además de un centenario faro orientador de marineros.

De regreso al continente esperan playas ideales para quienes persiguen los declives imperceptibles a través de los cuales una persona logra internarse más de 200 metros en el mar sin que el agua supere la altura de las rodillas, con olas que, en vez de azotar, acarician.

El espacio circundante incorpora a la experiencia un plus de intimismo incomparable, pues no se forman muchedumbres apiñadas ni se amontonan sombrillas. Entre un grupo familiar y otro -sin exagerar- puede haber más de 50 metros, pues el vasto perímetro posibilita un disfrute sin intrusiones sonoras ni olfativas. (Para que se entienda: mientras en Canasvieras el bañista de al lado te patea las ojotas o te invade con las exhalaciones de su cigarrillo, en Pontal solo hay brisa marina, gaviotas, lechuzas y cangrejos ermitaños).

Partiendo desde Pontal do Sul, el balneario emblemático de la ciudad de Pontal do Paraná, se puede llegar en unos 30 minutos a la ciudad hermana de Matinhos, donde brilla la playa de Caiobá, una conjugación ideal de olas un tanto más agitadas, arena suave y excelente gastronomía a la que se puede acceder con solo cruzar la rambla, donde los restaurantes proporcionan un servicio directo a la playa: los camareros llegan con la “isca do peixe” (un surtido de pescados, camarones y rabas) directamente al comensal que desea degustar frutos de mar contemplando el horizonte oceánico.

No hay uno, ni dos, ni tres balnearios entre Pontal y Matinhos. Hay más de 30, uno mejor que otro, con algunos puntos de visita obligada como “Shangri-La” (en homenaje al paraíso perdido del Himalaya), “Ipanema” (en clara referencia a la famosa playa de Río) y la “Praia Grande” de Matinhos, un kilométrico tobogán de mar con intensidades para todos los gustos: de bravías crestas para surfistas hasta amables lenguas saladas que exhuman ostras para que los niños las coleccionen.

¿Qué pasa si, por ejemplo, nace al apetito de la variedad durante los paseos? Paraná tiene ventajas que otros estados sureños de Brasil no logran parangonar, pues a solo media hora de Pontal está el acceso a la “Estrada de la Graciosa”, una serpenteante ruta de perfecto asfalto coronado por hortensias, bananos y exuberantes formaciones selváticas que conduce a la histórica ciudad de Morretes, un enclave colonial de medio siglo que alguna vez fue un próspero cafetal y hoy es un tesoro arquitectónico atravesado por el legendario río Nhundiaquara, otrora curso navegado por barcos a vapor, único medio de transporte de mercaderías y personas hasta la llegada del tren.

Respirar el aroma de las cantinas y restaurantes de Morretes transporta al visitante a una dimensión tan distinta que muchos olvidan que están en la cima de la sierra Graciosa, caracterizada por sus curvas y precipicios abismales, a solo 50 kilómetros de las playas más límpidas de la región.

Descender por la Graciosa hacia la ciudad de Curitiba completa el derrotero perfecto. A unos 60 kilómetros del portal de acceso a la montaña se yergue la capital del Estado de Paraná, un ejemplo de modernidad urbanística que es referencia mundial gracias al equilibrio entre espacios verdes y edificaciones, con una red de transporte público diagramada con recorridos concéntricos, un jardín botánico monumental y el increíble “Ojo de Paraná”, así llamado el Museo “Oscar Niemeyer”, un impresionante complejo arquitectónico de atributos magnéticos.

Podría escribirse mucho más sobre las bondades de un destino turístico excepcional como el Estado de Paraná, pero la idea no es abundar en detalles sino motivar su descubrimiento con pinceladas de brocha gorda que preludien aquello de lo que se trata: disfrutar de la vida en un entorno donde la felicidad se alcanza con solo escuchar el mar o sentir los silbidos musicales del bosque nativo.

Si quieren conocerlo, no hay más que cruzar la frontera por los pasos más directos como pueden ser Bernardo de Irigoyen, Dionisio Cerqueira o el puente Comandante Rosales. Por todos ellos, tomando la impecable BR 277, una multitrocha de alto tránsito que no padece los atascos de la saturada BR 101, se llega a la bella, exclusiva y a la vez simple playa de Pontal do Sul, a exactamente 1300 kilómetros de la capital correntina.

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