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Un encuentro imaginario con Carlos Gordiola Niella

Por Rodrigo Galarza

Especial para El Litoral

La primera vez que vi a Cancho Gordiola fue la última. Sucedió una tarde agostiza extraña, de esas en la que el aire se carga de una luz plena a la vez que nostálgica, como si de pronto uno pudiera entrever ciertas fisuras. Había andado veinte metros desde mi casa por lo que debía estar ya en la esquina, frente a lo de doña Chimina Curi, cuando descubrí que aún me encontraba a mitad de cuadra y que de pronto, muy de pronto había anochecido. 

Una luna de mercurio parecía agitarse detrás del cañaveral.

Caminé hacia lo de Curi. Con la mayor de las certezas debo aclarar que  me puse en movimiento, que di al menos treinta pasos, pero cada vez que daba uno, la esquina se alejaba. Mi reacción inmediata  fue regresar a mi casa que se hallaba  enfrente. Intenté acercarme y sucedió lo mismo. 

Fue entonces cuando vi que en la vivienda abandonada que fuera de los Villalba, había luz, una luz que temblaba como si fuera de velas. Sin pensarlo intenté dirigirme hacia ella y cuál mi sorpresa: esta vez un paso se transformó en cuarenta, casi instantáneamente me vi bajo el alero. No sé por qué golpeé la puerta entreabierta. Los nudillos de los dedos me quedaron doloridos.

“¡Pase carajo que está abierto!” –dijo una voz ronca desde adentro.

Empujé la puerta y entré. El piso era de ladrillos. La sala estaba pobremente amueblada, solo tenía una mesa de urunday y unas pocas sillas. No me había equivocado: tres velas alumbraban, fluctuantes, el recinto. Ya estoy con usted, lo estaba esperando, dijo alguien en la habitación contigua separada por una cortina de flecos de hule.  

Me senté a esperarlo como si se tratara de  una cita. Por alguna razón que nunca pude explicarme, todo extrañamiento se borró de mí por completo.

 Apareció ataviado con un poncho jujeño de lana cruda. Tenía barba y bigotes. En una de sus manos llevaba una botella de ginebra mientras que en la otra, entre sus largos dedos, un cigarrillo sin encender. Allí estaba el maestro, sonriendo con sorna, sin decir una palabra. En principio tampoco pude hablar y  de la emoción las piernas me temblaron. 

Siempre había deseado lo imposible: tenerlo ante mí; había repetido sus versos hasta el cansancio, había abusado de sus fórmulas, del espíritu de su obra, como un modo de tenerlo conmigo, de exorcizar la mala jugada del tiempo. Y ahora estaba ante mis ojos, de pie con esos sus huesos artríticos, su joroba en la espalda y con un fuerte tufo a ginebra escapándose de su boca llena de poesía.

— “¡Maestro! ¿Estoy soñando o qué?”

— “¡De soñar nada, esto es tan real como la Bols”. Dijo dándole un trago largo a la botella.

— “¡Qué emoción maestro!”

— “Qué maestro ni ocho cuarto, hace veintitrés  años que intento terminar el Soneto XI de la Soledad y me falta una palabra, la muy guacha se me niega como una mujer, no se me abre…”. Se apuró en decirme malhumorado.

— “Ya  va salir maestro. Quizás.... una caricia…” -Le respondí.

— “Y sí... no me queda otra, tengo que esperar manté. Acá el tiempo funciona de otra manera, encima no me dejan fumar, cada vez que intento hacerlo me duele el hígado, para mí que un carancho invisible me lo picotea”.

— “¡No ha de pue maestro! Dígame qué puedo hacer por usted”.

— “No me digas más maestro que ya me jubilé hace mucho. Más vale ayudame con la palabra que me falta, tiene que rimar ‘úrico’, el final de verso es:…poema artúrico”.

— “Bueno yo no sé mucho de eso, apenas si puedo chapucear un endecasílabo rengo. Quizá “barbitúrico”, no sé. Perdóneme  don Cancho. Seguro que pronto lo resuelve, usted es uno de los mejores petrarquistas que ha dado la provincia”.

— “¿Petrarquista? Garcilasista ha de ser. Además ahora que lo pienso: Petrarca rima con ‘garca’”. Agregó luego riendo a carcajadas.

Yo le seguí la broma un tanto desubicado pensando en cómo responder para no enfadarlo. Él notó mi expresión por lo que se apresuró en añadir:

— “Bueno, da igual, ya me arreglaré solo, como siempre…, cuánta razón tenía en aquel verso: ‘ya se me da la soledad entera…’ A propósito mi vate, perdoname que te diga, pero qué malo tu primer libro, qué mal me copiaste. En fin, querido, mejor hacete taxidermista. La poesía es un tren difícil, a veces es como la muerte: bella e irrepetible, pero si uno insiste termina casándose con la nada. ¿Entendé pa mi hijo?”

— “Tiene razón maestro. Aunque  no sé por qué siempre termino esperándola”. 

— “Me vas a decir a mí. Mirá mi joroba (señalándola),  todo esto tenía para darle a la poesía. Aquí guardo todavía mis alas para volar. Pero así nomás es chamigo, cuando el celador de lo alto pasa la lista, no te da tiempo. Acá en el pueblo quedaron enterrados en la arena mis sueños junto a mis tardes de  rejas, azahares y  lunas. ¡Che! y cambiando de tema porque me estoy poniendo un poco tristón: ¿cierto pa es que en el pueblo hay una calle con mi nombre y otra con el de Davito? Porque mirá que nos querían hacer pelear con David, pero nosotros éramos como hermanos. Él tuvo la sabiduría de irse a Buenos Aires, lo que le permitió relacionarse con otra poesía y sin embargo yo me quedé en el pueblo, y bueno. Pero igual siempre nos seguimos escribiendo. Che, contame, esos de Pájaros de Tinta son auténticos pa o macanean nomás?”

— “Parece que le dan en serio. Unos de los mentores de esa movida es un profesor medio tarado que usted conoció, usted lo llamaba Endorsain porque le hacía recordar a un personaje de Roberto Arlt; ¿se acuerda de él?”

— “¡Ah sí! raro era para escribir, no quería saber nada de los ritmos clásicos, estaba obsesionado por las vanguardias francesas. Era un muchacho inquieto. ¿Publicó pa su libro sobre el Apocalipsis?”

— “Sí, pero pocos lo entendieron, en fin, ya sabe...así es la poesía. Yo traté de entenderlo y no solamente desde su poesía, sino desde su actitud vital frente a ella, sobre todo porque él cree en sí mismo y en su palabra y eso no lo negocia, aún con el riesgo de no ser entendido”.

— “Y sí, uno debe jugarse, ‘a los tibios los escupe Dios’; llevale mis saludos a Alarcón”.

    

Un viento repentino que sacudió con fuerzas los postigos de la ventana apagó las velas dejando la sala en penumbra y borrando la presencia de Cancho.

Afuera, la tarde agostiza seguía cargada de una luz plena a la vez que nostálgica. Más nostálgica aún.

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