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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Alberto, Camau y el peronismo

Por Emilio Zola

Especial

Para El Litoral

Qué es el peronismo? ¿Un presidente que escupe metáforas racistas en el más solemne de los actos? ¿Un eterno candidato que alguna vez fue un exitoso medallista olímpico y después de una hibernación de cuatro años vuelve montado sobre una cresta virtual de posteos enigmáticos? Sin dudas es mucho más que eso, pero ambos episodios recientes configuran la realidad de una fuerza política con indiscutible vocación de poder que, en ocasiones como esta, desencanta, confunde y profundiza diferencias intestinas.

El presidente Alberto Fernández quiso parafrasear a Octavio Paz, pero le salió una canción que Litto Nebbia compuso hace 40 años. Y no es lo mismo un rock melódico de los 80 que un discurso frente al presidente español en tiempos de reivindicaciones ancestrales, espetado desde la misma platea que removió la estatua de Cristóbal Colón. Eso de que los argentinos descendieron de los barcos mientras mexicanos y brasileños emergieron de indios y selvas se puede pensar, pero no se puede decir. Mucho menos cuando la idea del descubrimiento de América ha sido deconstruida, reemplazada asertivamente por el concepto de invasión.

Pero el jefe de Estado lo dijo sin despeinarse y luego, obligado por un geiser de memes, ensayó una disculpa de compromiso, enojado con el mundo porque según su punto de vista lo malinterpretaron. Peor todavía, pues apelar a la indulgencia pública sin arrepentimiento genuino equivale a hipocresía y ese disvalor opera como un agente corrosivo en la imagen de un político, que viene a ser justamente lo que le anda pasando a Alberto desde que su promesa de unir a los argentinos cambió por una estrategia electoral confrontativa.

De consuno y en plena pandemia, con la muerte acechante en las terapias intensivas de todo el país, volvió por los caminos de la topografía correntina aquel muchacho monocorde que con la humildad de los perseverantes alcanzó la gloria en los mares. Han pasado tantos años de sus proezas acuáticas que la gente lo recuerda con el afecto que se tiene por esos amigos de la secundaria que han dejado de frecuentarse, querido pero lejano, apreciado pero ajeno.

Este regreso de Camau, implantado en el pico de una segunda ola que nada tiene que ver con las olas que supo domar con tanta habilidad, se produce a escasas 10 semanas de las elecciones y sin la mística que los referentes de la alta política cultivan a través de una relación cotidiana con los electores, mediante el trabajo territorial, con esa palabra de moda que tanto aconsejan los consultores: cercanía.

Los videos virales de un nuevo espacio llamado “Hacemos por Corrientes”, pautados hasta en el más recóndito canal de YouTube, muestran al ex intendente capitalino y actual senador en reflexiva caminata por la costanera, mirando en lontananza, mientras su propia voz pronuncia un mea culpa indeterminado, sin endoso. Dice que aprendió de los errores cometidos en el pasado, pero no asume la equivocación principal, que es haber desmantelado las estructuras que lo mantenían conectado con la realidad local.

¿Qué podría pensar, al ver el video, un parroquiano que padeció lo peor de la peste, el cierre de su comercio, la pérdida de un ser querido o el desquicio del encierro? No hay que ser Conan Doyle para deducir que al laburante embarcado en la lucha diaria por parar la olla el mensaje de Camau le resulta insustancial, por cuanto el emisor aterriza en medio del campo de batalla sin haber sido parte de la infantería en este año y medio de guerra bacteriológica.

Haber merecido el voto del 44 por ciento de la comunidad es un honor, pero también un compromiso vitalicio con la gente, pues quien cosecha un apoyo de tal magnitud queda automáticamente investido con la responsabilidad de erigirse en referente del anhelo popular. Es por eso que no se entiende el paréntesis, ya que un deportista de estirpe como él lleva en su ADN el instinto de la persistencia.

Esa cualidad, sin dudas, lo movió a repetir una y otra vez cada trasluchada, sin descanso, hasta alcanzar el récord de cuatro preseas en los Juegos Olímpicos. ¿Por qué no continuó entonces con la misma estrategia en el terreno político? ¿Se preservó, acaso, para no cometer el error albertista de hablar demasiado, de mostrarse en exceso? Si esa fue la intención terminó en el extremo opuesto al que llegó el Presidente.

Uno, de tan callado, rompió el contrato social hasta volverse invisible. El otro, de tanto hablar, se desgastó al punto de que sus fallidos verbales ya no provocan bronca sino risas. Los dos, como integrantes del Movimiento Nacional Justicialista, empequeñecen frente a la oratoria de los popes que históricamente forjó el peronismo, pero eso no es lo más grave: desperdician capital político en tanto horadan la relación de confianza que habían logrado forjar con los votantes en otros tiempos.

Vamos de nuevo: ¿Qué es el peronismo? Podría decirse que se trata de una corriente política capaz de alojar en su seno a distintos matices ideológicos, de izquierda a derecha, con un denominador común que es equilibrar la balanza entre los más y los menos favorecidos por la distribución de riqueza, sin que por ello deba ser tachado de socialista y mucho menos de comunista. Para lograrlo, se guía según preceptos fundacionales como la militancia y la planificación.

Encontramos aquí la razón de los despistes de uno y otro. Alberto Fernández cayó en el racismo porque no planificó su ponencia. Improvisado y sin asesoramiento, perdió el norte en un terreno donde debería haber funcionado como un diestro inculcador de ideas, dada su formación intelectual y su condición de docente universitario. Camau, por otro lado, emuló a Casildo Herrera después del traspié de 2017, sin sopesar el valor de un caudal electoral envidiado por propios y extraños.

Alberto no planificó. Camau no militó. Y eso en el PJ es actuar contra natura, pues claro está que sin militancia se pierde el aprecio de los compañeros y sin planificación se puede perder un gobierno.

Si el peronismo es una maquinaria concebida para equilibrar la báscula social, también debería ser una cantera de cuadros políticos con aptitudes naturales para seducir al electorado desde la constancia, la inteligencia y la proactividad. No sucede con la verba desorientada de Alberto ni con el tardío retorno de Camau, inscriptos ambos en las antípodas de las más aleccionadoras máximas del General. Especialmente de esa que dice: “La organización vence al tiempo”.

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