n Porque es un tiro certero directo al corazón de la sociedad. Lentamente, el cambio que la educación sufre a pesar de su esfuerzo, cae rendida ante lo burdo.
Lo vulgar, lo ordinario, establecen una nueva forma de vida mucho más cómoda, donde la despreocupación se torna en el juego preferido del ocio.
Otra forma se impone, de relacionarse, de actuar, de proceder consigo mismo, sin drama alguno a pesar de estar cayendo, cada vez más cerca del suelo.
Es que el rigor ha sido suplantado por el desorden. Es más livianito no pensar, “hacerse problema en vano”. Los políticos en su larga carrera de mentiras, nos fueron pacientemente condicionando por no creerlos.
Esa desconfianza creció hasta en lo mínimo, alterando el orden, las costumbres, el propio hábito que la educación básica por años se había encargado de pulirnos.
De un tiro, redujo una sociedad inteligente convirtiéndola en descreída, negándose como autoprotección ante cualquier cambio, desechando de un plumazo el camino recorrido.
La mediocridad, como el “medio pelo” de Jauretche, creció masivamente como sembrados en el edén. De pronto, el verde esperanzado de sombrías parcelas fue muriendo como mueren los árboles, de pie.
Allí, la pregunta que uno se hace ante tanta muestra de mediocridad nacida y malcriada por nuevas generaciones que también la integran personas mayores.
Lo que nos dice que nadie estamos inmunes se trata de una plaga chiquitita al principio que en cuotas nos va embruteciendo poco a poco.
No creo que a nadie le encante ser mediocre. Salvo que su ignorancia le mienta una pasada, y que por desconocimiento le dé lo mismo ser que no ser.
Un mediocre se pierde el acontecimiento de la vida en su grandiosidad más minuciosa, en su belleza pero también en su dolor porque el conocimiento trae consigo como doble jugada porque agiganta la sensibilidad y por ende, enciende las alarmas que nos ponen en guardia. Por lo tanto, saber, a veces, nos deprime.
Es como se dice, saber es descubrir la otra cara de la felicidad que no siempre tiene idéntica temperatura, sino que se presenta al cual es. Antes que saber, hubiera preferido ignorar porque el conocimiento permite ver lo que la mediocridad nos tapa ojos y oídos.
El saber para no ser mediocres es el fuerte precio por pagar el otro aspecto de la realidad en su dimensión exacta.
Este país ha ido decreciendo, naturalizando todo hasta lo prohibido para que nadie tenga responsabilidades ni obligaciones, solamente derechos. Pero para ganarlos debemos poner lo mejor de nosotros mismos.
La mediocridad aniquila el alma pujante de los pueblos.
Se ha ido perdiendo las ganas de saber, despreocupándose de lo esencial, conformándose con poco, ya que es menos fatigoso.
Pero la empresa de la vida tiene sus costos. Bien vale la pena por ella misma saber que la lectura prepara, construye. Que la información, la experiencia, el afán por superarnos como personas, como sociedad, es esencial.
Éramos un país simplemente honesto, de costumbres saludables, pero de convicciones firmes. Que tenía por costumbre ejercitarse con los valores que hacen de una sociedad, algo mucho mejor.
Dice José Ingenieros, en su memorable libro El hombre mediocre: “El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo”. Todo lo hace vano. Inútil. No creo sea una virtud el permitirnos y desarrollar la mediocridad, esa chatura que no ennoblece sino que avergüenza, de una ignorancia no nacida como tal sino abonada con mucha despreocupación, acompañada por una sociedad en permanente ocio.
Nada tiene que ver con la pobreza sino se trata de la pobreza de espíritu que ejerce libremente, esa que por hacernos fácil se antepone a lo que realmente debemos prestarle toda nuestra atención.
Me refiero al trabajo denodado. Al estudio implacable. Al desarrollo del sentido común que hacen viable toda resolución.
La mediocridad es un mal hábito, contagiosa por no requerirse esfuerzos. Un ejemplo, las cosas que se suceden en los últimos años alrededor nuestro que son noticias repetidas que ante la falta de respuestas, se van apilando en una columna interminable.
Decía el filósofo español, Ortega y Gasset: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas..! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos”.
Las cosas son las verdaderas cuestiones importantes. Algo de la mediocridad de todos los días es construir grietas que la política fue pacientemente erigiendo, cuando en realidad la pobreza y la inflación prometida de erradicarla como cuestión prioritaria de estado, prosigue en su continuo ascenso.
El diario La Nación hace un tiempo trajo a colación lo dicho por el escritor y corresponsal de guerra, el español Arturo Pérez Reverte: quien contaba que le gusta la Argentina, y le duele “la guerra civil cultural” que separa amigos y que hace que dejen de hablarse “por culpa de unos políticos que están haciendo su negocio”.
También es una causa y consecuencia de ello, impune e inmune.
Volver a las cosas es como remarcaba Ortega y Gasset, debemos volver a ser quienes fuimos, por encima de mediocridades y “medio pelo” argentino: “Cultura es labor, producción de las cosas humanas; es hacer ciencia, hacer moral, hacer arte”.
No creo que alguien se sienta feliz con ser mediocre. La mediocridad aniquila el alma pujante de los pueblos.