¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

PUBLICIDAD

Iguales pero diferentes

La evolución es incontenible, lo tenía bien sabido Eduardo Rovira, por eso experimentó con intensidad hasta lograr un estilo. Una forma de ver al tango

Sabado, 22 de julio de 2023 a las 07:26

n Se respetaban. Cada cual sabía la capacidad del otro. Sin embargo, Piazzolla buscaba una renovación en el tango, que lo mamó viendo a Troilo todas las noches, hasta integrar su prestigiosa orquesta.
Eduardo Rovira, también bandoneón, buscaba nuevos sonidos, para que la gente piense más que solamente bailar. Es decir, para sentirlo de “la cintura para arriba”, como lo repetía siempre. O, sea, con la cabeza.
Eduardo Rovira nació en Lanús, Buenos Aires. Fue bandoneonista, arreglador y compositor. Estudió música y en 1939, toca con Florindo Sassone. El pianista Osvaldo “Acho” Manzi, hijo de Homero se suma a varios proyectos sostenidos con Rovira.
Tocó con Antonio Rodio, ingresando en 1943 a la Orquesta de Orlando Goñi. A medida que crece su talento, pasó por las orquestas de Miguel Caló, Osmar Maderna, Roberto Caló, Alfredo Gobbi,
Como director estuvo a cargo de la orquesta de Alberto Castillo. Formó un trío con Osvaldo Manzi (piano), “Kicho” Díaz (contrabajo), Eduardo Rovira (bandoneón).
En 1956, forma el Octeto La Plata. En 1957, compone El engobbiao en homenaje a Alfredo Gobbi.
Acompañó a cantores de fuste: Alfredo del Río, José Berón, Silvia del Río.
El proyecto innovador de Eduardo Rovira se inicia en la década del 60. Su primera agrupación lo hizo en base a músicos del Octeto La Plata, la llamó: Eduardo Rovira y su Agrupación de Tango Moderno.
Su primer disco como tal se identificaba con el título de Tangos en una nueva dimensión, esto sucedía en el año 1961.
En 1965, conforma un trío junto a Fernando Romano en contrabajo, Rodolfo Alchourrón en guitarra eléctrica, Rovira en bandoneón. En su evolución, Alchourrón fue suplantado por Néstor Mendy y Salvador Drucker.

Lo de Astor Piazzolla y Eduardo Rovira era la renovación en su estado más puro de experimentación.


Aportando a la notoriedad creciente de Rovira, el maestro Osvaldo Pugliese, suma, grabando el tango del primero: A Evaristo Carriego.
Con el trío graba en 1966 para un ciclo: A Roberto Arlt y Tango en la Universidad. En el local nocturno Gotán, entre los años 65 al 70, actúa incorporando a Atilio Stampone en piano, Reynaldo Nichele en violín y Fernando Romano en contrabajo, dirección y arreglos Eduardo Rovira.
En 1968 graba el longplay Sónico, correspondiente al título de uno de sus tangos. Ese mismo año registra cuatro tangos con el canto de la Tana Rinaldi, bajo la denominación: Susana Rinaldi canta al estilo de Eduardo Rovira”.
Dada su notoriedad y alta capacidad artística, en 1973 es nombrado director del Teatro Argentino de La Plata. Su última incursión para el disco registra en 1975, cuando graba Que lo paren, también título de uno de sus tangos.
Era un estudioso del sonido y el contrapunto que transmitió en su gran producción autoral: A don Alfredo Gobbi, A don Pedro Santillán, A Evaristo Carriego, Azul y yo, Bandomanía, Contrapunteando, El violín de mi ciudad, Febril, Milonga para Mabel y Peluca, Opus 16, Que lo paren, Sanateando, Sónico, Tango en tres, Tango para charrúa”, Tango para Ernesto, Taplala.
 Recuerdo como se mencionaba ese contrapunto de grandes músicos que gastaban toda su sapiencia en la superación del tango. Fueron una revolución como lo fue indudablemente Astor Piazzolla. Eduardo Rovira más pasivo, pero intensamente creativo, trabajando denodadamente. Eduardo Rovira expresó alguna vez: “El tango es una vivencia, es algo que representa la manera de vivir y sentir de cada uno”. Otra que reafirma más a fondo: “El común de la gente piensa que el tango no es más que una danza, algo necesariamente bailable, cuando en realidad, ese es el aspecto más pobre del tango, a los enlaces armónicos, a la variación de los ritmos, al desarrollo de las frases”.
Fueron épocas de experimentación que la búsqueda permitió esbozarla, nunca antes después de De Caro se había intentado, marcando un antes y un después.
Los músicos en la historia del tango han sido laboriosos, brillantes, no se daban por conformes, el encontrar nuevos motivos que lo nutran siempre estuvo presente tanto en la música como en la poética. 
En un reproche inteligente, alguna vez Piazzolla dijo saliéndole al cruce a las críticas: “Acaso, los músicos, alguna vez, no nos merecemos que nos escuchen”.


Sucedió con el tango de los 40, cuando Osvaldo Pugliese incorporó al cantor Alberto Morán. La presencia de actor de cine que ostentaba Morán, buena fisonomía, altura más que notoria, hacía que las parejas de bailarines, no bailen para escucharlo.
No fue una evolución sino la devoción a un gran cantante que las chicas se permitían no bailar con tal de verlo y no perderse ni un detalle. Por supuesto, eran las damas que pedían a gritos detenerse para escucharlo en Pasional, posesionado en medio de la trama.
Eso era otra cosa. Lo de Astor Piazzolla y Eduardo Rovira era la renovación en su estado más puro de experimentación.
Piazzolla, hablando de esta “transgresión” saludable, dijo: “Somos distintos, pero necesarios recíprocamente, aunque sea en el terreno del estímulo.”
Se trataba de dos férreos músicos de genialidades creativas.

Últimas noticias

PUBLICIDAD