Muchos soñadores anhelan conducir un auto convertible para sentir el placer de ser acariciados por el viento, pero dado el costo de los modelos roadster fabricados en serie, algunos aventureros se lanzan a la temeridad de cortar un auto con techo para hacerse su propio deportivo. Grave peligro.
Existe en el mundo de los autos una categoría de presuntos idóneos en el mejoramiento de los diseños originales cuya obsesión consiste en la creación de versiones fuera de serie mediante prácticas imprudentes, habilidades dudosas y el uso de adminículos que, por lo general, no son los idóneos. Por ejemplo, soldadoras eléctricas, equipos de herrería convencional y herramientas varias que al ser aplicadas sobre una carrocería producen resultados indeseados hasta para los mismos autores del adefesio.
Este informe llega al lector para advertir sobre el “loco de la amoladora”, espécimen habitante de talleres informales, garajes de baja estofa, patios traseros y veredas varias, diseminados a lo largo y a lo ancho de la geografía nacional (y de otras latitudes también).
¿A qué se dedican estos afanosos amigos de las modificaciones radicales? A cortar automóviles para transformarlos en algo que imaginaron ellos o sus clientes, pero que difícilmente termine siendo lo pensado sino todo lo contrario.
Ejemplos hay de sobra, pero podría decirse que el “descapotamiento” de vehículos para concebir convertibles “exclusivos” es una de las maniobras predilectas de los amigos de la mutilación mecánica. De hecho, nunca faltan en localidades de la Argentina profunda, en encuentros de autos “personalizados” y por qué no en plena ruta, donde más de una vez hemos podido toparnos con auténticos incunables nacidos de la inventiva de estos amoladores contumaces.
Cortar el techo de un auto de serie implica un riesgo de arruinarlo todo a la primera de cambio. Por empezar, una carrocería autoportante (del tipo compacto o sin chasis) como las que predominan desde los años 70, pierde toda rigidez estructural al ser despojada de su plano superior, con lo cual un proyecto de tales características puede resultar inviable a menos que se coloquen refuerzos en la plataforma baja del auto (un arte que no cualquier soldador puede desplegar).
Hay quienes llevan a cabo ese procedimiento, pero con la asistencia de ingenieros especializados y chasistas consagrados como los que alguna vez produjeron artesanalmente el Torino Twile (versión roadster del clásico argentino) o los talleres que actualmente fabrican el Fiat Jolly (versión playera del Fiat 600 creada por Ghia que se reproduce en forma de réplica en nuestro país).
El problema es que la viña del señor está superpoblada de temerarios cuyas maniobras pueden derivar no solamente en serios perjuicios para la unidad a modificar, sino para los automovilistas que circulan por calles, avenidas y carreteras sin precaverse de que frente a ellos se acerca un prototipo cuyas funciones dinámicas han sido –literalmente- alteradas.
Cortar el techo o, como en algunos casos se observa también, acortar la distancia entre ejes de un auto (cualquiera sea, aunque generalmente son víctimas de estos procederes los modelos generalistas más nobles como el Ford Falcon, el Renault 19 o el Ford Fairlane) redunda en un comportamiento potencialmente dañoso para terceros, por cuanto un vehículo amputado no dobla como debe, no frena como debe y no se sostiene como debe en la cinta asfáltica.
Es por ello que estas alteraciones no son homologadas por los talleres de revisión técnica, con lo cual la supuesta “inversión” realizada por quien solicita la transformación de su berlina de 4 puertas en el “deportivo” soñado suele ser dinero tirado a la basura, dado que no pueden circular en condiciones legales, carecerán siempre de seguro y sufrirán una drástica disminución del valor de reventa.
Es cierto que en la mayoría de los casos los autos atendidos por los “locos de la amoladora” son unidades echadas a perder por el maltrato o con problemas de documentación. Pero aun así se despilfarra dinero y se gastan energías en una finalidad que no tendrá más utilidad que la del mero entretenimiento momentáneo. El divertimento morboso y efímero de romper algo hasta inutilizarlo, con el solo fin de exhibir una rareza que posiblemente terminará arrumbada en el olvido.