Las elecciones presidenciales más inciertas y potencialmente más disruptivas de la historia de nuestro país están a sólo 4 semanas. Con un Javier Milei ya consolidado como el gran favorito, aunque con una muy baja probabilidad de un potencial triunfo en primera vuelta, la gran incógnita a despejar el próximo 22 de octubre radica en quién enfrentará al líder libertario en el ballotage de noviembre.
En este contexto, Sergio Massa parece decidido a jugar a fondo. Fiel a la estrategia de la campaña en “tres tiempos” (Paso, generales y balotaje) delineada por el consultor Antoni Gutiérrez Rubí, en esta etapa el objetivo que lo obsesiona es entrar a la segunda vuelta. Y, para ello, es fundamental consolidar el segundo lugar en las preferencias y posicionarse como la alternativa a un potencial gobierno de La Libertad Avanza de acuerdo a lo que publicó Gonzalo Arias en Infobae.
Esto explicaría la peligrosa actitud despreocupada que exhibe el “ministro-candidato” respecto a la centralidad de Milei, en tanto él y su equipo entienden que de cara a octubre los rivales directos son Patricia Bullrich y Juntos por el Cambio.
Aquí es donde se evidencia una particular coincidencia táctica entre Massa y el libertario, quien también considera central para sus objetivos el “sacar de la cancha” a Juntos por el Cambio. Es que Milei cree que el oficialismo sería un rival mucho menos complicado en un hipotético ballotage, en donde él sería el único representante del cambio y, por ello, siempre según su análisis, atraería la gran mayoría de los votos de la exministra de seguridad de Macri.
Aunque se entiende la reacción de Bullrich frente a una actuación “en espejo” de Massa y Milei que busca desplazarla de la escena, esto está muy lejos de entrañar un pacto: es una táctica de corto plazo consistente con los objetivos de ambos campamentos. Pero, a no confundirse, después del 22 de octubre comenzará otra historia.
Lo cierto es que el siempre optimista e hiperactivo Massa parece dispuesto a “quemar las naves” para conseguir su objetivo, como ha quedado en evidencia con el frenético raid de anuncios que comenzó el pasado 17 de agosto. Después de la semana posterior a las PASO, en la que el ministro abandonó transitoriamente su campaña para devaluar y arreglar con el FMI, logró finalmente competir con Milei en términos de centralidad.
Con más de 35 anuncios económicos en casi el mismo número de días, y con un mayor alineamiento de los gobernadores y referentes del justicialismo, Massa está donde siempre quiso estar, más allá de que el contexto pueda hacer que todo ello no sea suficiente para quedarse con el premio mayor.
Es que hoy su liderazgo en el peronismo no es objetado ni resistido abiertamente por nadie, y no solo actúa en tanto candidato con amplios márgenes de autonomía para maniobrar y disponer a su antojo, sino que también oficia de ministro con plenos poderes para tomar decisiones de alto impacto, aún sin contemplar las consecuencias que ello podría tener en el mediano plazo.
Nada ni nadie se interpone en su frenético camino. Es más, hasta se permite en esta etapa de la campaña ensayar un slogan que entraña una suerte de relato fundacional (“Tenemos con qué, tenemos con quién”), que implica desconocer y ningunear a un gobierno del cual él es hoy un virtual primer ministro. Una paradoja muy representativa del desconcierto generalizado de la dirigencia política tradicional frente a los prolegómenos del “fenómeno Milei”.
Lo cierto es que las medidas, aunque puedan significar un transitorio alivio para algunos sectores golpeados por la persistente crisis y la inflación, no parecieran ser eficaces para atemperar las emociones de bronca y frustración que tomaron el centro de la escena.
Así las cosas, una pregunta se impone: ¿podrá el “plan platita” quebrar una voluntad de cambio que hoy parece inquebrantable? Pareciera muy difícil: los actores que lo intentan pueden ser nuevos (o no tanto), pero la fórmula empleada para intentar aglutinar voluntades y conseguir los votos es harto conocida.
Y esto, en el contexto de un cambio epocal que muchos aún se resisten siquiera a reconocer, puede resultar estéril: la sociedad parece haberse transformado más rápidamente que la dirigencia política, generando un “hiato” representativo cuyas consecuencias aún están por verse.