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Una bañera con secretos

Moglia Ediciones. Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”.

Sabado, 16 de mayo de 2026 a las 18:13

En otros tiempos los que habitaban la periferia correntina fuera de las cuatro avenidas, generalmente carecían de bañeras, era un privilegio tenerla, agradecían si tenían agua, con eso bastaba para la ducha en tiempos calurosos. 
La mayoría del año, en invierno utilizaba latonas, palanganas, tachos con agua que se calentaba a fuerza de leña o carbón vegetal, por el oeste el baño público donde los vecinos hacían cola para bañarse. 
Caminando por las calles de la ciudad de Corrientes, me encuentro con una señora de edad madura que me detiene para narrarme una historia de una casa, sobre la calle San Lorenzo al 1000, casi Bolívar. Escuché con atención porque me interesaba mucho el tema. Los historiadores somos los chismosos del pasado que lo recobran según sus conveniencias, lo de objetiva la historia es un canto peregrino que no se queda en ninguna parte, cada cual canta como le parece, los olvidos de los antepasados si no fueron ilustres es lo común, pocos apelan a la historia verbal que desea ser expresada sin tener oídos que deseen escuchar.  
Esa es la tristeza que albergan las viejas ciudades, los espíritus, almas en pena, espectros o fantasmas que buscan la manera que algún ser humano los recuerde, no yacer en tumbas desconocidas bajo la luna, innominados eternos.  
—Fueron alguien chamigo, tuvieron familia, sufrieron y fueron felices, sin sufrimiento no hay felicidad, ese es el contraste ¿no? Que te olviden debe ser muy triste chamigo. 
—Así es señora, dígame usted que desea contarme— inquirí.  
—En esa casa —señaló con el dedo— ocurren cosas raras. Hay una bañera antigua o había, hace tiempo que no entro más. En ella encontraron a la señora anciana muerta, nunca pudieron descubrir si fue un suicidio o asesinato, pero desde el mismo momento que ocurrió el hecho comenzaron a moverse los muebles. Un sillón viejo se balancea sin motivo alguno, los cuadros se inclinan, los papeles vuelan de la mesa y del escritorio, ocurre a cualquier hora. Sombras, pasos y voces ocupan el espacio, los azorados familiares estupefactos no saben qué hacer. Ocupaban el baño del fondo, el de servicio, nadie entró más al principal con la bañera donde falleció la doña.  
—¿Usted cree o supone que es la anciana? 
—Sí, la familia dejó el lugar apresuradamente, malvendió la casa como si esa fuera la solución. Los nuevos compradores se encontraron con el legado del o los espíritus paseantes, ya trajeron varios sacerdotes que la bendijeron, hicieron misas en la Catedral, pero nada chamigo. 
—No es raro. Cuando existió una muerte natural en solitario o violenta, el alma se pega a las cosas—, expresé. 
La mujer comenzó a contar que una vez el nuevo adquirente buscó una curandera del barrio Cambá Cuá, la morena reconocida como excelente persona se apersonó al lugar, sacó a los habitantes dejando sólo a una niña de unos dieciséis años como guía. Llevaba en la mano una vela en la otra un vaso de agua, lentamente se fue acercando al sanitario cuando un viento frío comenzó a soplar de pronto, la llama del cirio se sacudía, le frenó a la niña 
para que la esperara en la puerta con la otra vela encendida. La tarde comenzaba a llenar de sombras los espacios. 
La morena se sentó en una silla metálica que hacía juego con la bañera, antigua como el viento. Comenzó una letanía de rezos en castellano y guaraní, la bañera sin mano humana comenzó a llenarse de agua, solos las válvulas comenzaron a verter el elemento, de pronto paró cuando el nivel era el correcto, otro viento zarandeó la llama. Del agua elemento de la vida emergía una sombra entre oscura y marrón, perlada de sombras, adquirió la forma humana. 
Levantó la mano haciendo el gesto de “me degollaron”. La curandera le interrogó: ¿Quién te lo hizo, cheama? El Francisco fue, lanzó una voz tormentosa del más allá. La niña de la puerta casi se desmaya del susto, atorada se tapó la boca con la mano libre. 
“Ahora que lo sabemos cheama ¿qué quieres que hagamos?” 
“Deseo que lleven mi bañera, no me gusta asustar a la gente inocente”. 
Lentamente se fue diluyendo el espectro, mientras la bañera sola se desagotaba.  
Los cirios dejaron de bailar, el viento desapareció. 
La niña que ayudó a la morena corrió a los brazos de su madre sollozando, fue dura su experiencia, se dirigió a la iglesia y se confesó. Esa misma noche se realizó una misa por la difunta. 
El Francisco era un hombre de confianza de la familia anterior, había robado joyas, estaba en el ojo de la policía, fue arrestado cuando pretendía vender una valiosa cadena de oro en estos negocios de “Compro oro”. 
La bañera fue sacada inmediatamente de la casa, se trasladó a un depósito de hierros y materiales en deshecho, allí permanece. Cuando alguno pretende comprarla al chatarrero, dicen que ven a una mujer parada junto a ellos. 
No obstante el final feliz de la limpieza de la casa, sigue tirando al espíritu de la mujer cruelmente asesinada, visita el lugar pero en paz, mete un poco de frío extraño, un vientecillo no molesto y ahora aparece traslúcida dejando un rastro de un perfume exquisito. 
Me despedí de la buena mujer, ella resultó ser la niña que sostenía la vela en la puerta cuando la curandera hacía su trabajo, son los secretos de mi vieja ciudad de Vera y Aragón. 

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