En la medida en que el resultado de las reformas pueda palparse y que los cambios muestren solidez, es probable que comience un círculo virtuoso donde la confianza abra camino para la credulidad.Y, eventualmente, el peso se convierta realmente en moneda, la moneda en crédito y el crédito en empleo, inversiones y reactivación. Sin atajos y sin alterar el orden de los factores.
l 23 de Diciembre de 2001, el entonces presidente Adolfo Rodriguez Saá anunció el default de la deuda externa y fue aplaudido de pie por la Asamblea Legislativa que vivaba: “Argentina, Argentina”. El dirigente puntano anunció una nueva era. “A partir de ahora -dijo- nada será igual”. Un visionario, pues todo salió peor. Lo único duradero fue la crisis de confianza que provocó, además de su pensión de privilegio. El “Adolfo” ya lo había prometido: lo que ahorrase en capital e intereses, se utilizaría para mejorar jubilaciones. La suya primero, por siete días en el gobierno. País generoso.
Bien diferente fue la visión de Nicolás Avellaneda cuando enfrentó una crisis semejante. El 1º de mayo de 1876, también ante una Asamblea Legislativa, el tucumano ratificó que la república honraría sus compromisos con la “sangre y sed” de los argentinos. Para preservar el buen crédito y llevar a cabo el programa alberdiano, redujo el tamaño del Estado (por entonces, minúsculo), disminuyó sueldos y suspendió la convertibilidad del papel moneda. Al actuar con convicción, el esfuerzo fue breve y los capitales fluyeron, rindiendo frutos abundantes y duraderos.
Si en 2001 se hubiese actuado como en 1876, actualmente la Argentina tendría moneda, crédito y prosperidad. Un cuarto de siglo más tarde, Javier Milei debe intentarlo de nuevo, pero, como el cuento de aquel pastorcito y el lobo repetido mil veces, prueba convencer a los estafados con sobreactuaciones tan singulares como entendibles.
A diferencia de países que funcionan, el nuestro carece de moneda, la institución esencial que los hace marchar. Esta peculiaridad hace inaplicables recetas viables en otras playas, pero ineficaces aquí, siempre al borde de corridas cambiarias y saltos inflacionarios. Valga una metáfora geométrica: nuestro país es un cono invertido donde habitan 47 millones de personas cuyos planes personales, el destino de sus familias, sus empleos, ingresos e ilusiones reposan sobre un ápice puntiagudo, esquivo e inestable, llamado peso argentino. Mientras ese ápice no se convierta en base extensa y sólida, ni los planes ni los proyectos ni las ilusiones se harán realidad.
Mientras el peso no sea moneda, las demás prioridades quedarán rezagadas y ninguna alquimia podrá soslayar esa anomalía institucional que nos impide ser la “Argentina potencia” siempre pregonada y jamás cumplida. Néstor Kirchner lo despreciaba tanto que no aceptaba sobornos en billetes nacionales. Según el arrepentido Claudio Uberti, cuando las dádivas eran en pesos “agarraba a las patadas el paquete” y los tiraba por su despacho. Ejemplo académico de una abrupta caída en la demanda de dinero.
Si para explicar se debe exagerar, diríamos que Milei no vino a reactivar la economía ni a desarrollar la infraestructura ni a equipar los hospitales ni a mejorar las jubilaciones ni a expandir el empleo regular. Su misión prioritaria es dotar a la Argentina de moneda, condición precedente e indispensable para que esos objetivos puedan lograrse. Sin moneda, las mejores iniciativas solo son grafías en el agua. Raúl Alfonsín, quien no supo (ni quiso ni pudo) cuál era el orden de los factores, debió renunciar antes de tiempo por querer alterarlo. Milei tiene muy claro su ejemplo y en su firmeza por no ceder ni ante gastos “sensibles”, que con intencionalidad reclaman quienes en su momento hicieron patinar al radical, se ha hecho fama de caprichoso, peleador y empecinado.
Para lograr que el peso, pateado y despreciado, sea respetado y apreciado, no hay muchos caminos. El gobierno optó por avanzar sin dolarización y asumir el desafío colosal de recrear confianza para hacerlo tan atractivo como el dólar. O sea, que hasta Néstor Kirchner los aceptase como buenos, en lugar de patearlos.