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La peor de las penas: el escarnio público

No hay mayor pena que estar en boca de todos, no como nos gustaría lucir. Allí, donde ya no caben más relatos, solamente verdad aumentada.

Domingo, 11 de diciembre de 2022 a las 01:00

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Esta narrativa de imposición de relatos que, en el libre juego de la especulación, es como jugar con fuego, para desgracia y mortal peligro de la historia, su manipulación desmedida provoca hechos lamentables porque la desmesura y el cambio permanente del eje de la cuestión en busca de la salvación culpando a otros, lleva a consecuencias imprevisibles. 
Como la pérdida de confianza, la exaltación de lo vacuo, la traslación de lo importante hacia lo superficial, la supresión de la verdad por la ficción mentirosa, el giro de las realidades por la conveniencia, tornando siempre a los otros, culpables de sus propios pecados. 
La historia tantas veces cambiada siempre en busca de una ventaja, es un arma cargada, en principio de falsedades, pero más que nada en desenlaces que ni el mejor guionista prevé.
Esto comenzó hace mucho tiempo, no me lo comentaron, lo viví. Hubo un inquisidor inteligente, audaz, con gran juego creativo que ocupó la Subsecretaría de Informaciones y Prensa del Ministerio del Interior, allá por la década del 40´. 
Su nombre era Raúl Apold, más bien un “diagramador” de la opinión pública que, con el apoyo de los principios publicitarios de persuasión, esbozó ideas transformadoras, las cuales fueron convertidas en mensajes: ideas fuerza o consignas que el tiempo plasmaría para siempre, eran bombas que permitían ganar terreno, hacer sucumbir al resto de las fuerzas que solamente soñaban mientras ellos con la dura práctica se habían abroquelado en la propia caparazón, fortalecida con la masificación de medios y esa virtud de crear mil historias por tapar el verdadero suceso.
La periodista Silvia Mercado lo patentiza lo que ya se sabía, en su libro El inventor del peronismo. Él fue el creativo de “Perón cumple, Evita dignifica” y muchas otras más, como la inclusión de pautas en programas de fácil llegada masiva, como el deporte y el mundo de la cultura a través de la radio y del cine nacional.
Comenzaron las censuras a medios o, caso contrario, la expropiación, como medida ejemplar de no ajustarse al perfil, al modo de no decir lo que no convenía. Se establecieron listas negras, no con tanto descaro como el kirchnerismo que alentó agraviar a los periodistas inclinados por la verdad, instando a la gente que ante el afiche de cada uno pegados en la vía pública se exprese con salivazos su desagrado. 
Registra la historia, que por entonces el Diario Argentinisches Tageblatt, editado en alemán en Buenos Aires, se le cortó la provisión de papel prensa hasta tanto no se ajustara a las directivas emitidas desde la Subsecretaría de Informaciones y Prensa. 
El famoso crítico cinematográfico Calki (Raimundo Calcagno), integrando el elenco de la Revista “Rico tipo”, hizo un comentario sobre una película italiana, dijo: “(…) el argumento es más falso que una declaración de bienes”, justamente cuando esa semana Perón, había hecho su declaración de bienes; por orden de Apold lo cesantearon a Calki. No hay mal que por bien no venga, mucho tiempo después, Calki fundó la revista “Platea”, especializada en cine y espectáculos, siendo tal vez la más importante por su seriedad y específicamente por el gran conocimiento del séptimo arte.
Silvia Mercado, la periodista autora del libro en cuestión, se permite en la introducción del mismo, hacer una cita que corresponde a Rodolfo Walsh, referente  a su historia verdadera Operación  Masacre, la cual tiene una fuerza reveladora, concluyente y de criterio propio del gran periodista argentino.
Ese instante de Walsh extraído, da escalofrío y advierte, según su conclusión, una situación para tener en cuenta y esclarecer cómo es el comportamiento antes de la verdad que cae de madura: “Sé perfectamente, sin embargo que bajo el peronismo no habría podido publicar un libro como éste, ni los artículos periodísticos que lo precedieron, ni siquiera intentar la investigación de crímenes policiales que también existieron entonces (...). La mayoría de los periodistas y escritores llegamos en la última década a considerar al peronismo como un enemigo personal. Y con sobrada razón. Pero algo tendríamos que haber advertido: no se puede vencer a un enemigo sin antes comprenderlo”.
Cuenta Lucía Gálvez en su libro Romances de tango, escrito conjuntamente con Enríque Espina Rawson, las presiones que ejerció Raúl Apold a Enrique Santos Discépolo para que se avenga a “tomar las riendas” del programa radial que servía de tribuna partidaria: “Pienso y digo lo que pienso”, escrito por Abel Santa Cruz y Julio Porter, dicho por Luis Sandrini, ciclo que no conformaba las apetencias del Subsecretario.
Con su mente creativa, sabía que el hombre indicado era el “filósofo del pueblo”, como lo habían bautizado a Enríque Santos Discepolo. 
En los primeros escarceos, le expresó que la suma de trabajos que tenía contraídos no le dejaban tiempo alguno para asumirlo: su desempeño como Director del Teatro Nacional Cervantes, la puesta en escena de la obra Blum, y la filmación que llevaba a cabo en el cine con El hincha, con Diana Maggi.
Sin embargo la insistencia fue mayor, hasta prometerle que traería todo el equipo tecnológico para que lo haga desde el mismo teatro. Finalmente “Mordisquito” en la voz de Enríque Santos Discépolo fue éxito radial, con la esperada respuesta partidaria, sumando al poder de turno. 
Sin embargo, el vacío que a partir de allí le brindó la colonia artística retirándole su amistad a Discépolo como consecuencia de su militancia, indigno para una figura popular y tan querida por los argentinos, produjo en él una irrefrenable crisis existencial cuya depresión a la corta lo llevó a la muerte. Decía, su amigo, Osvaldo Miranda, Enríque murió de tristeza.
Por eso tomarnos en serio este tipo de política, si bien es concluir que relatos son relatos, tienen “patas cortas”. Toda especulación, o una mirada que abarque varias gestiones, es tarea ímproba. Pero si sabemos, felizmente, que la mayor pena  es el del escarnio, la condena pública. Una vez que hubo una sentencia, por poco o por mucho, sirve para castigar, no importa el tiempo sino la moral y los principios que hoy “se tiran a la marchanta”.
Ojalá que todo esto, sea el principio para acordarnos de la decencia. Que los relatos no caben. Solamente la verdad nos hará libres. La crítica saludable es conveniente. La mentira como costumbre, es solamente ficción. Un error crucial.

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