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Arturo Borra o “una lengua robada al letargo”

Nació en Santa Fe, en 1972. Es doctor en estudios interdisciplinarios de la comunicación. Ha publicado varios libros de prosa poética, el libro de relatos Casa heredada (2022), los poemarios Umbrales del naufragio (2010), Figuras de la asfixia. El libro de los otros (2012), Para trazar lo (im)posible (2013), todo tanto (2016) y Desde Lejos (2020) y el libro de ensayos Poesía como exilio. En los límites de la comunicación (2017). También ha sido incluido en diferentes publicaciones colectivas. Actualmente, reside en Valencia (España) y colabora con diferentes revistas hispanoamericanas. 

Sabado, 09 de noviembre de 2024 a las 17:30

El asaltante nos trae voces vivas de la poesía argentina. Cada poeta nos acerca, además de poemas, su visión de la poesía. 

 

Poética

Me interesan especialmente aquellos discursos poéticos que se desplazan de las formas dominantes de enunciación, capaces de cuestionar las presuntas evidencias del sentido común. Pero una poética no es sólo una estética del lenguaje; también es una forma de vida, un modo particular de respirar ante un mundo agrietado. Al menos en mi caso, procuro escribir como vivo, resistiendo la asfixia, creando huecos a través de la escritura poética. Para eso me parece imprescindible un trabajo de distanciamiento, una posición en exilio; algo así como aprender a mirar de lejos o hacer de las palabras un camino para excavar entre los escombros. La poesía, así concebida, es un campo de exploración insegura que exige despojarse de los tópicos para ir hacia lo desconocido. Incluso si asumimos que se trata de una tarea estrictamente interminable, estoy convencido de que la poesía más valiosa puede horadar el orden simbólico hegemónico, aunque eso suponga llevar al desierto al propio poema. Las múltiples tentativas, los ensayos nocturnos, son formas de aproximarse a lo que permanece indecible en otros órdenes del discurso. No hay desenlace para esa búsqueda constante. Desde esta perspectiva, el arte poético más relevante es aquel que evita toda forma de conformismo, persiguiendo resquicios que nos permiten, a pesar de todo, caminar en la cuerda floja, despojado de certezas inamovibles. ¿Para qué la poesía sino para mostrar la intemperie en la que nos movemos o, si se prefiere, la fragilidad común que nos constituye? ¿Qué sería lo poético sin esa interrogación sin término que nos expone a nuestros límites? Una apuesta semejante, que es tanto estética como ética, supone ir más allá del juego, incluso si la dimensión lúdica de la escritura forma parte de la experiencia musical que lo poético convoca. Detrás de esa música, lo que persiste es el latido de la añoranza. Puede que poetizar sea, en esta acepción, moverse en una constelación de sentido abierta e inestable, una especie de fuente de la que brota, en los mejores casos, la promesa de otra vida. Como han insistido diferentes vanguardias artísticas del siglo XX, no es posible invocar esa promesa sin un lenguaje otro, sin una apuesta sostenida que rebase nuestras herencias. Si prescindimos de la revuelta íntima la literatura se hace dócil, una forma más o menos ritualizada de seguir ocultando nuestras servidumbres cotidianas. Si cabe alguna esperanza todavía no es cerrando los ojos ante nuestras heridas, sino luchando de forma activa por construir lo que nos falta, una belleza que no mienta, por decirlo así. Tal vez sólo de ese ejercicio lúcido de hacer algo con el naufragio del que partimos pueda nacer la posibilidad crítica de un desplazamiento. En una sociedad que amenaza con convertirse en irrespirable, la poesía quizás sea el mejor recordatorio de otras posibilidades humanas, inseparables al acto irrenunciable de soñar.

Arturo Borra

 

Muestrario mínimo

Una esperancita desquiciada

“... mi vecino tiene tormentas en la boca”.

J. Gelman

Tengo un acompañante que esquiva

los quejidos que lo clavan al suelo:

prefiere invocar vértigos mirando las nubes.

Trepa la noche, silba 

subido a los árboles.

Cuando llueve a rabiar señala la pared 

que escapa a la humedad.

Cuando se avecina una tormenta en los labios

fabrica una balsa para internarse 

y forja escaleras para encender luces 

a su tristeza.

Mi acompañante tiene ojos nuevos cuando su pena 

trastabilla: ríe en la lluvia que oculta el cielo.

Colgado a una esperancita desquiciada 

despereza sus desánimos,

rebusca la magia 

que ni la tormenta en su boca apaga.

 

Casi todo

Más tarde supe: sobra

casi todo.

Esta escritura sobrante

sobrevive como una especie

que agoniza. No sé qué lenguaje apagado

invoca. En una grieta

me asomo hasta las últimas luces

y nada veo.

Sólo el desierto es consistente.

 

Los vencidos

Abrazar no 

la derrota sino 

los vencidos/ su 

testimonio: una lengua

robada al letargo

desafiará la historia 

y habrá desentierro/ genealogías 

en las que rebuscar

alguna promesa 

murmurando todavía.

 

***

A la orilla vulnerada 

se acerca lo que sólo

puede sobrevivir ahí/ en la memoria

de su herida. 

Lo que vive a contracorriente

para desafiar 

el murmullo del agua.

 

***

Sorprendido de tanto nadar en la nada uno se habitúa a no ser uno; se empecina en nadar por una nada que tampoco es suya; se hace resta, nadie que nada por la aritmética donde uno no es uno.

Nadea por ahí, se desintegra entregado a la deriva en la que no queda más que un testimonio impropio, escritura sin voz, afonía empecinada en inventar un sonido, 

y seguir nadando en la noche cuando nadie escucha, nadando en su nada, cuando no hay más que corriente, 

nadiendo sin uno. 

 

***

Te fumigan, te desahucian, te enjaulan; culpable de tu miseria, te estiran los brazos, te arrojan al suburbio, te invitan a marcharte, te dicen «pan» y te dan hambre, dicen «derecho» y te fustigan, dicen «abrigo» y la escarcha te sorprende a medianoche, te parten los dientes, te saquean, dicen «dios» y crean tu infierno, muelen tus huesos y dicen «futuro», te prestan una pajarera, aprietan tus esperanzas, levantan tumbas para los suicidas, abren escuelas para las sirvientitas desorientadas, te enseñan el credo de la rendición, disciplinan tus añoranzas, ultrajan tus sueños, confinan tus movimientos, informan por la radio de tu muerte mientras te niegas a firmar tu certificado de defunción, te declaran ruina, te condenan a ser «nadie», a reconocerte «ninguno», a respirar bajo el asfalto o dejar que tu sacrificio sea su salvación.

Planifican el desastre –y vos respirando, a pesar de todo, buscando una hendija.  



[Poética 4]

En la vigilia del deseo te asomaste

a los umbrales del naufragio: 

fueron figuras de la asfixia

desde las que desplazarte

para trazar lo (im)posible 

surcar el esplendor saqueado

como anotaciones en el margen

que murmuran su todo tanto

aprendiendo a mirar

desde lejos

 

[Fantasma]

y a quién escribir

que no sea un fantasma

interrogando

la noche



***

¿Quién no busca

la tierra roja del corazón

donde amparar su pulso insomne?

Entre memoria y deseo

esta esperancita 

irguiéndose desde el musgo

hasta una ventana que alguien abre

sin saber 

de la brisa nocturna que le aguarda.



-xiii-

Naufragar así 

en el resplandor repentino del mar

que baña de agosto nuestros cuerpos.

Solo este temblor impide reconciliarse 

con la catástrofe que acontece

en el umbral de nuestros ojos.

Como si fuera posible

-en el fin de las dunas-

arriesgar un lugar

donde nunca estuvimos.

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